En primer lugar, El casamiento engañoso describe el encuentro y la posterior conversación entre el alférez Campuzano y el licenciado Peralta sobre los infortunios del primero que le han llevado a casarse con una mujer que no tenía la condición social ni la riqueza que decía tener, y que le han hecho contraer la sífilis, razón por la cual se ha encontrado convaleciente en el Hospital de la Resurrección. A raíz de esta conversación, el alférez comenta al licenciado que ha escuchado un coloquio entre dos perros, y para probar su historia, presta al licenciado una transcripción de dicha conversación. Esta introducción sirve de excusa para iniciar el segundo texto de Cervantes: Coloquio de los perros, que es sin duda el más interesante de los dos.
Con esta obra, Cervantes pretende conseguir una doble función, en primer lugar criticar la sociedad castellana de la época; y en segundo, caracterizar dicha sociedad creando un relato en ocasiones análogo al Asno de Oro de Apuleyo, al que el propio Cervantes hace alusión en la página 105 de la indicada edición (a razón de la conversación de la bruja con Berganza -uno de los perros habladores-); y en otras ocasiones al Lazarillo de Tormes, tal y como Rosa Navarro apunta acertadamente en su introducción. Para llevar a cabo está función, el autor hace constante alarde de su particular ironía y cinismo.
Aunque los perros hablan en teoría para no ser escuchados, pues ellos mismos comentan que hay un alférez cerca de ellos pero que debido a su enfermedad pueden hablar tranquilos pues no les va a escuchar; Cervantes sabe a quién va dirigida la obra, por eso, hace alusiones constantes a los lectores, valga de ejemplo: ¡Ojalá que como tú me entiendes, me entendiesen aquellos por quien lo digo! (pág. 67).
En la obra de Cervantes, los perros se convierten, de forma irónica, en los portadores del sentido común que no tienen los seres humanos, y ello se plasma de forma concreta con ejemplos de la época, por ejemplo, en la página 51, hablando de la universidad de Alcalá de Henares:
Berganza- Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad, los dos mil oían Medicina.
Cipión- Pues, ¿qué vienes a inferir deso?
Berganza- Infiero o que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar, que sería harta plaga y mala ventura, o ellos se han de morir de hambre.
También, dado que no han tenido oportunidad en su vida de hablar, saben valorar mejor que los humanos el don de la palabra (pág. 52):
Berganza- Y aun de mí, que, desde que tuve fuerzas para roer un hueso, tuve deseo de hablar para decir cosas que depositaba en la memoria, y allí, de antiguas y muchas, o se enmohecían o se olvidaban. Empero ahora, que tan sin pensarlo me veo enriquecido deste divino don de la habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo más que pudiere, dándome priesa a decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada y confusamente, porque no sé cuándo me volverán a pedir este bien, que por prestado tengo.
De esta forma, y con gran cinismo proceden a criticar la sociedad castellana (como dice Rosa Navarro, como si fueran filósofos cínicos), alegando que aunque los perros son animales, son más honestos que las personas, un posible ejemplo puede ser el relato de las ovejas que finaliza en la página 63, y con el que se narra como los hombres las matan simulando el ataque de los lobos: Válame Dios! – decía entre mí-. ¿Quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?.
Cipión- … y así los tratan y autorizan como si fuesen hijos de algún príncipe; y algunos hay que les procuran títulos y ponerles en el pecho la marca que tanto distingue la gente principal de la plebeya.
Berganza- Ambición es, pero ambición generosa, la de aquel que pretende mejorar su estado sin prejuicio de tercero.
Cipión- Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con daño a tercero.
Berganza- … Hay algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en cuando con algún latín breve y compendioso, dando a entender a los que no lo entienden que son grandes latinos, y apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo.
Cipión- Por menor daño tengo ese que el que hacen los que verdaderamente saben latín; de los cuales hay algunos tan imprudentes que, hablando con un zapatero o con un sastre, arrojan latines como agua.
Dentro de la función educativa, Cervantes nos enseña entre líneas lo que significa filosofía, en boca del perro Cipión, que expresa que filosofía debe ser entendida como el amor a la ciencia y el filósofo como el amador de la ciencia (pág. 77), todo ello desde una perspectiva irónica en la que Berganza dice humildemente no saber bien lo que significa el término, apelando así al desconocimiento general por parte de los castellanoparlantes.
Incluso Cervantes se atreve a exponer las contradicciones filosóficas que atañen al cristianismo en boca de la bruja que Berganza encuentra en una de sus aventuras, exponiendo el argumento de que si Dios es omnipresente, benevolente y no puede pecar, llegamos a una reducción al absurdo cuando deja que los humanos se dejen llevar por el diablo. Sin embargo, es capaz de exponer después elegantemente una salida digna para evitar cualquier tipo de represaría por parte de la Iglesia.
Por último y para finalizar su novela ejemplar, se nos narra las aventuras de Berganza entre gitanos y moriscos, que nos sirve para valorar su modo de vida y su exclusión social; y posteriormente realizar una crítica de los poetas y dramaturgos de la época. Para acabar la historia con verosimilitud, nos lleva de vuelta al Hospital de la Resurrección donde se nos cuenta el diálogo de penurias entre un matemático, un alquimista, un poeta y un arbitrista, con la que se critica la inutilidad de algunos de los considerados eruditos de la época.
En resumen esta obra consigue una acertada descripción de la sociedad castellana del 1600, con una grandísima variedad de personajes de diversa índole y condición, en muy diferentes lugares y situaciones. Se nos enseña la vanidad y las penurias humanas, y se crítica la situación de los poetas y otros líderes intelectuales de la época. Y todo ello se hace desde la perspectiva de unos perros, que son observadores del mundo que nos rodea, y que por el hecho de ser perros no son excluidos en ciertos momentos privados por su ausencia de inteligencia y por tanto trascendencia. Por ello se les otorga el don de la oratoria, de la humildad y de la coherencia para analizar de forma adecuada y filosófica las acciones humanas.
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